HALLEY Nº 18 - 1er SEMESTRE DE 1999

SOCIEDAD ASTRONÓMICA GRANADINA

MIEDOS ANCESTRALES
Cristóbal Marín Molina
menu.GIF (2002 bytes)

 

Los ruidos procedentes de la oscuridad ponían en alerta a todos los individuos de la tribu. El peligro podía acechar en cualquier lugar fuera de la seguridad del refugio. Aventurarse a observar el cielo en la oscuridad, excepto, quizá, cuando había luna llena, era un riesgo en el que se podía perder la vida. La relación de estos antepasados con el firmamento debió de ser muy exigua, fundamentada en un miedo ancestral hacia lo desconocido. Era como el miedo que experimentan los bebés cuando se apagan las luces por la noche. La humanidad se encontraba en su infancia, una larga infancia que duró cientos de miles de años.

Con el paso del tiempo el hombre empezó a dominar su entorno. Al igual que un joven que despierta a la adolescencia, poco a poco, iba adquiriendo una leve, y muchas veces equivocada, comprensión del mundo que le rodeaba. Las cada vez más complicadas religiones ofertaban respuestas para algunos interrogantes. De ese modo los fenómenos naturales que hasta entonces habían sido poderosos seres vivos comenzaron a ser considerados manifestaciones de la divinidad.

En aquellos días no había tantas luces que atenuaran la visión del cielo nocturno. Las noches, si cabe, eran mucho más noches y las personas solía estar más pendiente de lo que ocurría sobre sus cabezas. Las estrellas siempre recorren de manera periódica los mismos caminos. Los planetas o estrellas errantes parecían tener voluntad propia y seguían recorridos más extraños, con variaciones en sus órbitas. Pero con el tiempo, observando sus comportamientos, también podía predecirse su sentido. El Sol y la Luna salían y se ocultaban invariablemente: el primero durante el día, la segunda durante la noche. El firmamento estaba en armonía. Siempre el mismo cielo, siempre los mismos astros.

¿Siempre? De vez en cuando y por fortuna, para la mentalidad de aquellas gentes, de tarde en tarde aparecían en las esferas celestes unos objetos que rompían la perfección de la maquinaria cósmica. Estos nuevos astros se distinguían porque al aproximarse al Sol les aparecía una larga cola nebulosa que les seguía en su órbita y en apariencia no tenían ninguna periodicidad. Su aspecto ígneo era muy amenazador. Sin duda los cometas no podían traer nada bueno. De nuevo algo incomprensible, de nuevo surgía la incertidumbre.

Las guerras asolaban las naciones; las malas cosechas provocaban hambre y miseria entre las gentes; las pestes sembraban de cadáveres campos y ciudades; y los grandes prohombres sufrían infortunio y presagios de muerte cada vez que una de estas estrellas con cabellera atravesaba el oscuro firmamento. Los cronistas que presenciaban tales catástrofes relacionaban sus causas, siempre con posterioridad, a la inesperada aparición de estos objetos celestes. Durante los siglos, generación tras generación, se fue transmitiendo el miedo.

Su aparición era una advertencia de los dioses, que incluso podía predecir el fin del mundo, como seguro pensó el azteca cuando observó en el manto de la noche una de estas terroríficas bolas de fuego. Poco tiempo después los dioses blancos llegaron a sus tierras y destruyeron su mundo.

Pero algunos intentaban comprender la verdadera naturaleza de estos fenómenos. Su curiosidad era mucho más fuerte que su miedo. Bucearon en los dominios de lo desconocido intentando hallar las claves que fundamentaran sus cualidades desde una lógica distinta de la exégesis religiosa y la superstición. Sus interpretaciones fueron muchas veces desacertadas. Sin embargo sus denodados intentos por conocer la verdad contribuyeron, sin duda, a la maduración de la comprensión humana del cosmos.

Una noche de 1680 se hizo visible en la capital del virreinato de Nueva España uno de estos heraldos de futuros desastres. Los habitantes, temerosos del suceso, se encerraban en sus casas o iban a rezar a las iglesias, pidiendo a Dios que aquella pesadilla se alejara rápido y que no ocurriera ninguna desgracia. Las calles estaban casi vacías. En mitad de la solitaria Gran Plaza sólo se vislumbraba una figura. Estaba con un pequeño catalejo dirigido hacia la zona de la bóveda celeste donde se encontraba el objeto, dando gracias a Dios de que un evento así hubiera ocurrido durante su vida y que él hubiera tenido la inmensa suerte de haberlo presenciado. Un año después escribió una obra titulada Manifiesto filosófico contra los cometas despojados del imperio que tenían sobre los tímidos. Se llamaba Carlos de Sigüenza y Góngora. Fue novelista, historiador, político, crítico literario y astrónomo.

En la actualidad no tendría porque existir recelo cuando se producen uno de estos encuentros cósmicos. La luz de la ciencia ha esclarecido su condición y su periodicidad, arrancándolos de la oscuridad que los envolvía. Tendríamos que sentirnos afortunados por ser testigos privilegiados de la belleza de unos acontecimientos que suelen ocurrir con relativa poca frecuencia en la corta vida de un hombre. Y sin temor a lo que pueda ocurrir. Tenemos los medios, tanto instrumentales como cognoscitivos, para comprender y relacionarnos con el universo y superar el miedo ancestral. Sin embargo, a pesar de ello miedo y razón van de la mano y muchas veces, incomprensiblemente, el primero supera a la segunda.

La mayoría duerme con tranquilidad y los ruidos de fuera no inquietan. Salir de noche no entraña demasiados peligros. Sin embargo, son pocos los individuos que se aventuran a observar el cielo durante la noche, superando frío y sueño, fuera de la comodidad de los refugios. La vida que llevamos y las luces de la ciudad nos dificultan la visión de las estrellas y nos olvidamos de lo que ocurre sobre nuestras cabezas. No es extraño que muchos sigan sintiendo desasosiego por lo que no conocen o se niegan a conocer. Todavía nos acechan los miedos de nuestra infancia.

 

617.gif (1112 bytes)INICIO ARTÍCULO 617.gif (1112 bytes)PORTADA 617.gif (1112 bytes)SALIR HALLEY 18
618.gif (1112 bytes)SUMARIO 618.gif (1112 bytes)NEBULOSAS  618.gif (1112 bytes)ALH84001
618.gif (1112 bytes)DEDICARSE A LA ASTRONOMÍA 618.gif (1112 bytes)ASTROFOTOGRAFIA 618.gif (1112 bytes)MIEDOS ANCESTRALES
618.gif (1112 bytes)MATERIA OSCURA 618.gif (1112 bytes)CITAS 618.gif (1112 bytes)NOTICIAS SAG

 

 

HALLEY Nº 18 - 1er SEMESTRE DE 1999 SOCIEDAD ASTRONÓMICA GRANADINA